Fábula Taurina (FICCIÓN)

Nota introductoria: Esta es nuestra sección de ficción, y debe ser entendida como tal. Muchos nombres de este cuento pertenecen a personas que existieron - OTROS NO. La hacienda Tax-hurcu ó El Taxo existe así como los lugares geográficos. Esperamos les guste esta historia que la escribimos en octubre del año 2009.


TAXO

El torito bravo del páramo.





Tax-hurcu tuvo en un comienzo más de 500 hectáreas de extensión: Ya por el año de 1960, al morir don Augusto -su dueño- esta hacienda fue de herencia a su hijos: Carmelita y Ernesto, y a su nieto Rubén. Ellos se dedicaron a la producción lechera en tres parcelas distintas con una marca propia de quesos y mantequilla que se vendían en la ciudad de Quito.

Porción minúscula de tierra entre montes y quebradas del antiguo Pedregal –propiedad que abarcaba una gran extensión de la provincia de Pichincha y que fuera desmembrada luego de la expulsión de los jesuitas en el siglo XVIII- Tax-hurcu fue comprada por don Augusto en 1930. Se localizaba a las faldas del Pasochoa en la parte del volcán que da al valle de Los Chillos, entrándose por  Sangolquí e Inchalillo hacia lo que fuera el anejo.

Fue duro el trabajo de estos terratenientes, quienes cruzaron el ganado bravo originario del páramo con los sementales lecheros que compraban en las ferias de la Asociación Holstein. Tarea que emprendieron varios hacendados de la época con fines eminentemente productivos.

Allí nació “Taxo”, en la parte de la hacienda que Ernesto bautizó como Santa Rosa. Taxo era un ternero a cuya madre la había cubierto uno de esos toros bizarros que se escapaban de las ganaderías bravas del otro lado del monte. No se podía explicar de otra forma el tono castaño de su pelaje cuando su madre por efecto de la cruza de varias generaciones era entrepelada. Propiamente burraca: negra con manchas blancas aunque sus hechuras seguían siendo las del ganado de páramo –a pasar de ser genéticamente casi una vaca Holstein-Freisen.

Ernesto era aficionado a los toros, asiduo espectador de la Plaza de Toros Quito y la antigua plaza Arenas. Él organizaba las capeas con toros populares todos los años en la hacienda, separando utreros en el páramo. ¡Qué horror¡ decía doña Carmelita: “De joven me hicieron llevar las banderillas a una corrida de toros –esa era la costumbre, que una niña entregue las banderillas a los toreos. NO me gustó para nada ese espectáculo de tanto sobresalto y sangre.

Fue fuerte la sorpresa de la familia cuando nació Taxo que en cuanto se puso en pié, amusgó una de sus orejas y sin vacilar encunó a Ernesto. “Este ‘ville’ es bravo” dijo Elmerehildo, mayordomo de la hacienda y “seguro lo llevamos a lidiar a Sangolquí.” 

-        Carmelita, nació un ternero que parece bravo, a ver si lo criamos para llevarlo a las fiestas de Sangolquí dentro de unos cuatro años.

-        Debes estar equivocado Ernesto. Ya no tenemos ganado ordinario. Posiblemente algún peón te cambió el ternero con uno de los animales del anejo. Ya ha pasado otras veces.

-        No, es verdad. Es de una de las vacas que me llevé para Santa Rosa. Yo mismo vi como paría la vaca.

-        Tus tierras están más cerca del páramo. Es posible que uno de esos toros… Tu sabes, los toros bravos del Pedregal… haya cubierto una de las vacas que dejaste en el páramo cuando construías la estancia.

Ernesto se quedó pensativo y mirando en “la galería” el cuadro de la virgen de Tax-hurcu dijo:

-        Este es un cuadro antiguo, posiblemente del siglo XVIII.

En la imagen; la virgen tenía levantado al niño a su derecha y en la mano izquierda una flor de taxo.

-        Debió haberlo encargado algún cura jesuita. “Tax-hurcu” quiere decir quebrada de taxos, pero este cuadro es de Rubén, se lo tengo prometido al igual que el cuadro de San José.

-        Ya se, se llamará Taxo.

-        ¿De qué me estas hablando? Sabes perfectamente que hemos tratado de cambiar el nombre de la hacienda por El Taxo, en vez de Tax-hurcu pero es difícil cambiar las costumbres de la gente.

-        NO, el toro va a llamarse “Taxo.”

-        Tú y tus cosas. Casi me matas del susto cuando Pepe y tú se metieron a torear a la capea. A los peones, no podemos quitarles esa “mala costumbre” de los toros, pero que mi marido, mi preciado Pepe y  mi hermano Ernesto… Yo soy una persona enferma y estos sobresaltos me hacen daño.

-        Pero me dijeron que te divertías …

-         La verdad es que me dio chiste ver como usabas el capote, parecía que te ponías un delantal.

-        Muy graciosa Carmelita.

Tiempo después, a Taxo y a su madre “La Gateada” les pusieron en un corral cerca de la estancia de Santa Rosa. El celo, la acometividad y agresividad de Taxo impedían toda faena. No era siquiera posible acercarse a la vaca, ya que el añojo embestía y  no se le despegaba.  

-        Buenos días Ernesto, vengo a verle a ese ternero, el hijo de “la gateada.”

-        Hola Benjamín, no hemos podido destetarlo todavía. Tuvimos que llevar a la vaca y al ternero a los potreros de arriba. Aquí distraían mucho a los peones. Elmerehildo está por salir al destete. ¿Por qué no te vas con él?

-        Por su puesto, pero no le avises a mi abuela Carmelita.

-        Pierde cuidado Benjamín. ¿Fuiste a los toros en Quito?

-        Si, El Viti estuvo soberbio y Paquirri muy bien con las banderillas. Con la muleta Armando Conde hizo “el péndulo” con un pase cambiado por la espalda que no tienes idea.

-        El próximo año dicen que traen a Manzanares. A ver si vamos juntos. Sabes, yo llevé a tu madre Alicia por primera vez a los toros en la plaza Arenas.

-        Sí, me ha contado muchas veces, eres el tío más querido.

Subió Benjamín al páramo a caballo con Elmerehildo y Daniel, hermano del mayordomo:

La faena del destete fue bastante dura. Llegaron pasado el medio-día luego de casi cinco horas de cabalgata. Benjamín observó como Elmerehildo chagra ducho en faenas de campo separaba a la vaca y al ternero. Enlazó al ternero y lo tiró al suelo, aprovechando la oportunidad para vacunarlo mientras Daniel se llevaba la vaca hacia la hacienda.

Separado de la vaca, el eral cambió su actitud. Sus movimientos revestían un aire de seriedad; se lo pensaba antes de ejecutar cada movimiento. Cuando acometía lo hacía sin vacilar con franqueza y calidad.

Taxo ya tenía los dos años cumplidos y al verse solo en la llanura sin la presencia de su madre berreó llamándole sin respuesta. Divisó al potro alazán que montaba Elmerejildo y lo acometió. El jinete empezó a torearlo desde el caballo:

Cogió las riendas con la mano izquierda, y con la derecha el poncho que tenía acomodado frente a la montura. Lo sacó flameando a la altura del estribo y esperó solemne mientras Taxo se acercaba con cadencia y ritmo.

En silencio, despacio observó la distancia a la que venía el toro. En cuanto Taxo entro a jurisdicción del caballo metió la espuela izquierda enseñando al toro el poncho y, lo enceló galopando con la tela hasta que el toro se paró.

 Elmerehildo se puso frente al becerro, guardó el poncho y citó alzando violentamente la mano derecha diciendo “TORO” a lo que Taxo respondió con alegría galopando hacia el jinete. Esta vez, el chagra dejó que llegue el torito un poco más cerca y pegó un galope corto a la derecha guardando la testuz del toro a la altura del estribo. Tocando su cornamenta y sacándose el sombrero –colocándolo frente al morro del burel para incitarle.

Al pararse el toro, Elmerehildo decidió que ya era suficiente y se disponía a regresar a la estancia. “Espérate” le dijo Benjamín: “Tu ya te diste el gusto, ahora me toca a mí…”, se bajó del caballo y se quitó su poncho para torear a pié.

-        Niño Benjamín, si le torea, el toro va a estar “jugado” y no lo vamos a poder llevar a Sangolquí.

-        Nadie se va a dar cuenta y no sería el primer toro “jugado” que se lleve a los “toros de pueblo.”

-        Tenga cuidado que veo llegar el Jeep de su tío Rubén.

Benjamín cogió su poncho como si se tratara de un capote. Citó dando el perfil derecho y recibió al toro con una verónica mal lograda, pues hizo para atrás la pierna izquierda.

-        El toro es pastueño, trate de pegarle una a pies juntos.


Ahora, despacio y sereno Benjamín llamó al toro de más cerca: “JEEE.” Taxo obedeció boyante y alegre tomando el capote con ritmo y metiendo el morro siguiendo los vuelos del poncho mientras Benjamín jugaba los brazos sin mover las piernas.

-        Ole

 Le pegó tres verónicas a pies juntos.

-        Muy Bonito, toreando el toro de Ernesto.

-        Hola Rubén. No le he hecho más que un par de lances.

-        No importa porque ese toro se va para el camal.

-        ¿EL CAMAL? ¿Cómo así?

-        Le he comprado su parte de la hacienda a Ernesto y esto la vamos a tecnificar. Ya tengo compradas las máquinas de ordeño y voy a invertir con vacas que produzcan más leche. Vendí todo el ganado ordinario, incluido este becerro.

-        Entonces déjame torearle.

-        Nada de eso. Llegaron tus padres. Te están esperando el la casa de hacienda para llevarte a Quito.

Nunca más regresó Benjamín a Tax-hurcu. Su abuela Carmelita vendió la hacienda igual que el tío Rubén luego de algunos años, pero Benjamín siempre guardó en sus recuerdos las tareas del campo y la vieja hacienda que conoció en su infancia.

Desde la casa de San Rafael, Carmelita veía el cielo encapotado sobre el Pasochoa, y le decía a Benjamín: “Debe estar lloviendo en Tax-hurcu.”

Benjamín no supo si Taxo, el torito, fue vendido a un comerciante de carnes ó si por el contrario con “edad y peso” se lidió en alguna plaza del valle de Los Chillos. Tampoco supo si la vaca Gateada volvió a parir otro ternero tan bravo como Taxo.

Benjamín siguió toreando en fiestas camperas, en las capeas de los pueblos y a veces cuando le invitan,  acompaña a los tentaderos y repasa una que otra vaca. En sus recuerdos sigue soñando con Taxo, el torito bravo de Tax-hurcu.


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